Hipocresía en los guarismos
HRANA, una muy fiable agencia por los DDHH que en enero ya anunció con un enorme rigor metodológico los escandalosos números de la inhumana masacre de miles y miles de manifestantes perpetrada por el régimen iraní, registra ya la muerte de 1.977 civiles (insisto, civiles) en los descomunales bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre diversos puntos de Irán (de estos 1.977 muertos, 1.097 están plenamente identificados y 880 están ya en proceso de identificación) en apenas poco más de 72 horas (los datos fueron publicados anoche). Dado el larguísimo historial de veracidad de esta agencia, no tengo motivos para desconfiar de tales cifras, y por tanto afirmo, con la absoluta legitimidad y coherencia moral que me confiere el haber denunciado la carnicería perpetrada por el régimen en su día, que estamos ante una masacre absoluta y una barbarie sanguinaria que nada tiene que ver con la liberación de un pueblo, sino con un simple cambio de la bota que subyuga y asfixia a la ciudadanía iraní, condenándola a una situación de miseria, muerte, destrucción y desolación.
A algunos supuestos antiimperialistas (importante lo de supuestos) les molestó la labor excelente que HRANA realizó el pasado mes de enero, pues decían que las cifras de muertes verificadas que publicaba constituían una exageración, una burda torsión de la realidad con fines propagandísticos que en última instancia tenía por objetivo favorecer los intereses hegemónicos del bloque imperialista occidental. Yo, que suelo desconfiar hasta de mi propia sombra, incluso reconociendo claramente que Estados Unidos e Israel tenían un claro interés en instrumentalizar todo lo relativo a las manifestaciones, hiperbolizando lo que fuera necesario para ganar adeptos a su discurso geopolítico y poder entronizar a su aliado Reza Pahlavi, hijo del antiguo y sanguinario sha de Persia, no dudaba en aceptar, como tantos otros que practican a diario la coherencia y la honestidad, que obviamente el de Irán es un régimen represivo y contrario a los DDHH, por lo que no era en absoluto extraño que fuese capaz de aplacar con tales niveles de ferocidad unas protestas de opositores. Claro está, muchas de las cifras que iban saliendo eran tan grandes que costaba imaginar la mera posibilidad física de semejante sangría, pero en un mundo en el que se toleran horrores tan inefables como genocidios, limpiezas étnicas y asedios que van contra los principios más elementales de la humanidad, ninguna asunción debería ser tomada como una exageración irrealizable. Seguí, pues, con mucha atención los informes diarios que iba publicando HRANA, en los que se incluían desgloses entre casos plenamente verificados y casos en proceso de verificación total, así como categorizaciones por rangos etarios y por género. Por supuesto, y dado que los números de aquella barbarie fueron colosales, el Imperio occidental y sus acólitos dieron plena credibilidad al trabajo de HRANA, pues servía para legitimar tanto sus intereses como su narrativa: la imperiosa necesidad de, como siempre, “llevar la libertad y los DDHH” a Irán, con la ulterior intervención militar a cuyo comienzo estamos asistiendo atónitos estos últimos días. Dejando al margen las eternas e incómodas preguntas* que ponen en tela de juicio la supuesta honorabilidad subyacente a semejantes propósitos (espurios y aviesos, digámoslo desde ya a la luz de tantísimas tropelías pretéritas), lo cierto es que la realidad acabó por imponerse y muy pronto fue una verdad incontestable que el régimen iraní había cometido crímenes contra la humanidad a unos niveles completamente hórridos. Ahora bien, resulta llamativo (¡al menos a mí!) que apenas mes y medio más tarde, quienes se erigían en una defensa apasionada del trabajo metodológico de HRANA, calificándolo una y otra vez de ejemplar, riguroso y exhaustivo, hoy, con casi dos mil civiles iraníes masacrados a causa de los bombardeos inmisericordes de Israel y EEUU en poco más de un par de días sobre la mesa (entre ellos una escuela en plena jornada educativa, ¿cabe vileza mayor?), lo tachen de sesgado, exagerado y destinado a difundir propaganda del régimen iraní. Casi parece que, de la misma forma que han pasado por alto, prácticamente como si fuera irrelevante, el detalle de que han apoyado la perpetración un inmundo genocidio contra la población palestina de Gaza, quisieran ahora expiar sus pecados atribuyendo mala fe a quien difunde los resultados del último capítulo de sus comportamientos orgullosamente enraizados en la barbarie. Volviendo a lo que se mencionaba al inicio, cabe recalcar que la inversa también ha ocurrido, aunque todo hay que decirlo, en mucho menor grado, pues la inmensa mayoría de aquellos que se consideran progresistas no tenían, digámoslo así, mucha simpatía por los ayatolás, y los supuestos antiimperialistas a los que antes me he referido no conforman más que una exigua e irrelevante minoría en el seno de la izquierda. De cualquier manera, lo que es relevante de cara a considerar con seriedad esta cuestión es que hay quienes, por tal de defender de cualquier forma sus filias ideológicas, son capaces de emplear la pérdida de vidas humanas a manos de criminales sanguinarios como herramienta para, a la vez que se golpea al adversario, atornillar la estructura de la endeble torre de superioridad moral a la que están encaramados. Lástima que, a causa de su evidente torpeza, basta un soplo del huracanado viento de la realidad para que esta se desmorone y sus infaustos arquitectos caigan al pantanoso suelo de la miseria moral, que es, en el fondo, su auténtica morada, el lugar del que jamás debieron tratar de salir. Olof Palme tuvo el valor de denunciar públicamente y con férreo temple la orgía de sangre desatada por Estados Unidos en los bombardeos sobre Hanoi de la Navidad de 1972, que segaron más de dos mil almas en apenas unos pocos días. Tras ser comparado con los artífices de los infiernos de Guernica, Oradour, Babi Yar y Treblinka, Richard Nixon enfureció y rompió buena parte de las relaciones de su país con Suecia durante un tiempo. Fue el precio del ánimo de veracidad y de la desconfianza frente a los hipócritas de un hombre que, incluso en el complejo ámbito de la vida política, practicó hasta el día de su trágico final la muy aristotélica virtud de la magnanimidad. ¿Cuál es la lección? Desconfíen, señoras y señores, de quienes coquetean con la idea de matar a miles de personas inocentes. Digan, en definitiva, no a la guerra.
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