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Un lenguaje para la eternidad

Un lenguaje para la eternidad

Miguel Palma Molina


Todo crecimiento de nuestra capacidad expresiva, sin importar qué tan pequeño sea, en la medida en que ensancha todo un potencial universo lingüístico, propicia un incremento de las posibilidades de la imaginación humana e ilumina de un modo u otro el extenso horizonte de la cultura. Sin embargo, hay ciertas palabras que, a pesar de la erosión a la que el tiempo somete a la memoria, se encuentran inevitablemente adheridas al recuerdo de determinas personas, casi como si por naturaleza les pertenecieran solamente a ellas. 


Este es, para mí, el caso de ñu, que para cualquiera podría pasar por un vocablo no especialmente interesante, pero a mí me evoca unos recuerdos inolvidables. Durante los dos primeros cursos de Primaria, nada más llegar al aula, había días en los que mi maestro Nacho, sin previo aviso, abría su grueso diccionario Santillana y nos leía la definición de una palabra. A continuación, teníamos que apuntarla en nuestro cuaderno y aprender a emplearla. La palabra ñu fue una de las elegidas para este llamativo ejercicio, que sin duda nosotros, inocentes y juguetones, disfrutábamos mucho por ser una suerte de reto. Faquir fue otra de esas palabras que asocio irremediablemente a aquellos primeros años de la Primaria. En este caso, no fue una de las del imponente diccionario Santillana, sino una que estaba presente en uno de los breves relatos de nuestro libro escolar de la asignatura de Lengua Castellana y Literatura, que también impartía Nacho. Canguelo es otro de estos términos para mí inolvidables. Teniendo seis o siete años, lo utilicé en una breve redacción libre. Tras entregarla, Nacho se acercó a mi mesa, algo sorprendido, y me preguntó de dónde había sacado ese término. Yo respondí, sin atisbo alguno de duda, que de un libro de Gerónimo Stilton que había leído recientemente, titulado ¡Menudo canguelo en el Kilimanjaro! Australopithecus quizás parezca muy extraña para un niño pequeño, pero del mismo modo que muchos tenían fijaciones con las motos y los coches (y no fui un niño particularmente aficionado a los vehículos), yo estaba completamente obsesionado con la evolución de los homínidos. Mi padre, para saciar mi sed de curiosidad, me había descargado todos los episodios de una serie de La 1 llamada La odisea de la especie, que yo veía una y otra vez por las noches. Un lluvioso día, durante la hora del recreo, me dediqué a dibujar el árbol evolutivo en una de las últimas páginas de mi cuaderno de clase con la esperanza de que no lo viera Nacho, pues creía que podría regañarme si se daba cuenta de que había utilizado mi libreta para algo distinto a los deberes que él nos mandaba a diario. Mis mayores temores acabaron por cumplirse cuando pocas semanas después aquel árbol evolutivo apareció en la página posterior a la de los deberes que Nacho iba a corregir (yo tenía por ley jamás arrancar una página de un cuaderno, así que aquella situación iba a acabar dándose tarde o temprano). Sin embargo, no salí muy mal parado, ya que, al contrario de lo que yo creía, no me riñó, sino que lo llevó al resto de los maestros de segundo de Primaria para comentarlo con ellos. Al día siguiente, durante la hora del recreo, los maestros me llamaron y me preguntaron de dónde había salido aquel dibujo. Como era muy tímido, contesté que simplemente me gustaba ese tema, y ellos me felicitaron por mi curiosidad. Algo que recuerdo con claridad es que Nacho siempre estaba de muy buen humor en las clases, por lo que en muchas ocasiones nos gastaba bromas o soltaba comentarios irónicos que nosotros todavía no entendíamos demasiado bien. Por aquellos tiempos, mis padres me habían dado un libro fabuloso que todavía hoy conservo, el tomo décimo de la Enciclopedia del Estudiante de Santillana. Claramente estaba muy por encima del nivel de un niño de Primaria, pero a mí me encantaba leer lo que ponía en aquellas páginas, incluso si en la mayor parte de las ocasiones no entendía nada. Otra de mis mayores obsesiones en aquellos tiempos era el tamaño de los objetos del mundo y el universo. Por esta razón, le propuse a Nacho hacer una exposición sobre las estrellas más grandes. A la hora de hablar de la muy peleona Betelgeuse, me trabé en un par de ocasiones, pronunciando mal el nombre de la estrella. Nacho, con tono burlón, me dijo si había realmente una estrella que se llamaba Detergente, a lo que yo, nervioso, le dije que no, que era Betelgeuse (esta vez lo dije bien, aunque lo pronuncié castellanizando el término). Él, para reírse simpáticamente de mí, dijo que había vuelto a escuchar Detergente, y que no entendía el criterio que los astrónomos usaban para nombrar estrellas. Un par de bromas más tarde, viendo que yo me estaba poniendo nervioso, lanzó unas carcajadas al aire y me aclaró que estaba de broma, que solamente estaba intentando quedarse conmigo. El último día de 2ºPrimaria, hace ya catorce años, nos despedimos del curso leyendo un cuento de nuestro fantástico libro de lectura, en el que se hablaba de la llegada de un niño de Pakistán (otra de las palabras que alberga la matriz de mi memoria) al colegio, y de cómo los niños, inicialmente, extrañados por la vestimenta de aquel al que consideraban un intruso, habían sentido un rechazo inicial, para luego comprender que semejante exclusión no tenía sentido y que al fin y al cabo era un niño como todos los demás que merecía el mismo derecho a jugar, a estudiar y a divertirse que todos los demás. Esta historia, aparentemente infantil, resuena hoy en nuestras conciencias, cuando el racismo y la xenofobia quieren camuflarse como sentido común en tantos discursos que exaltan el más excluyente identitarismo y propagan una nefanda inhumanidad. Otro concepto que comencé a comprender poco a poco siendo alumno de Nacho fue el de educación pública. A finales de segundo de Primaria, la crisis económica azotaba España y los recortes afectaron notablemente a los centros de enseñanza pública. Durante muchos días, los maestros hicieron huelga y exigieron, por desgracia en vano, que no se vieran depauperadas sus condiciones laborales (y por tanto, nuestra educación). Es obvio que por aquel entonces no sabía muy bien de qué iba todo aquello, pero intuía que en aquel lema de las camisetas verdes, Educación pública de todos y para todos, se hallaba contenido algo relevante. Al fin y al cabo, si los maestros de los que tanto aprendíamos a diario luchaban por aquello, no podía ser algo malo. Fue con el paso de los años cuando comprendí la verdadera importancia de aquellas reivindicaciones, y hoy me encuentro a mí mismo en la posición en la que estaban mis maestros de aquel entonces. 

Todo este aprendizaje, muy lejos de ser una pura y simple memorización de términos, fundó en nosotros toda una forma de iniciación al ejercicio del pensar, una apertura a la posibilidad de adquirir un conocimiento acerca del complejo mundo que nos rodeaba, plantando la semilla del juicio crítico del que depende el adecuado rumbo de los acontecimientos del género humano. Nacho dejó de ser nuestro profesor en tercero de primaria, pero la actitud subyacente a la enseñanza de aquellas palabras sin duda nos influyó durante toda la vida. Yo tuve la suerte de que mi madre le envió algunos correos durante un par de veranos para mantener el contacto con él, así que a excepción de unos cuantos años de finales de la década pasada, supe algo de Nacho durante un buen tiempo. A raíz de la pandemia, empecé a escribir artículos que mi madre compartía por Facebook. Nacho, gratamente sorprendido por mis progresos en el lenguaje, siempre los comentaba muy positivamente, contento de poder seguir teniendo contacto conmigo una década después de haber sido mi maestro. Por supuesto, yo también estaba muy feliz por poder tener contacto con él, ya que le tenía un extraordinario aprecio y guardaba maravillosos recuerdos de sus fabulosas clases. Cuando me fui a la universidad, hace cuatro años, abrí una cuenta de Facebook y lo primero que hice fue pedirle una solicitud de amistad. A partir de entonces, tuvimos un contacto muy directo y constante. Me reveló que de joven había leído muchas obras de Ortega y Gasset, por quien profesaba una enorme admiración, y un día me dijo que yo tenía que llegar a ser más grande que él. No creo que lo consiga nunca, pero aquel imperativo de alguien a quien yo apreciaba tanto me animó a dar lo mejor de mí mismo en todos los ámbitos de mi vida académica e intelectual. En 2024 autopubliqué una antología de breves ensayos titulada La metamorfosis del pensamiento y organicé un evento para presentarlo en Estepona. Invité a Nacho para que volviéramos a vernos más de doce años después de nuestro último encuentro, pero desafortunadamente no pudo asistir. Le guardé un ejemplar dedicado para regalárselo cuando pudiéramos encontrarnos, pero tampoco pudimos concertar una quedada en los meses siguientes. En el verano de 2025 estuvimos hablando acerca de los viejos tiempos, rememorando anécdotas del pasado y conversando acerca de cómo nos iba todo. El pasado mes de octubre, sabiendo que era un gran admirador de Ortega, le envié dos escritos que había publicado en mi blog para conmemorar el septuagésimo aniversario de su fallecimiento, pero no me contestó nunca. 


Anoche, sin esperarlo, me anunciaron la peor de las noticias: Nacho había muerto la semana pasada a los setenta años tras pasar un tiempo enfermo. Jamás pude regalarle mi libro dedicado y nunca más podré volver a hablar con él. Me gustaría haber podido verle en persona al menos una vez durante estos catorce años que hoy me separan nuestro último encuentro. Como es imposible, y ya que él me regaló, con su excepcional magisterio, tantas palabras, lanzo estas al infinito del mañana y le dedico este texto, todo un lenguaje para la eternidad. 


A la memoria de Nacho, un docente inolvidable que ennobleció el ejercicio de la educación y soñó con un mundo mejor por el camino, avivando en mí la llama de la curiosidad que configura buena parte de quien soy, el cariño y los maravillosos recuerdos de uno de sus alumnos. 


Descansa en paz, querido maestro.


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