El fin de la inocencia
Entre los múltiples recuerdos que a lo largo de mi vida han mostrado un afanoso empeño en quedarse adheridos en la matriz de mi memoria, el que nos ocupa en esta breve reflexión corresponde al inicio de 5° de Primaria. Yo tenía nueve años y veía que cada vez quedaba menos para entrar al instituto, ese terreno inexplorado y prácticamente desconocido del que mucho había oído hablar pero del que, a fin de cuentas, nada sabía por experiencia propia. En aquel tiempo pocas cosas me generaban una mayor satisfacción que sentir, mediante el riguroso análisis de los libros de texto, cómo los conocimientos que previsiblemente iba a adquirir en el transcurso de aquellos meses que se atisbaban ya nítidamente en el horizonte superaban con creces a los ya asimilados en todos los cursos anteriores. La idea de un progreso intelectual insoslayable, que en ese entonces yo creía infinito, en su admirable y optimista apuesta, me producía la felicidad del que sabe con una certeza infalible que su porvenir estará marcado por la dicha y la virtud. Así, aquella tarde, quizás la primera del nuevo curso, mientras examinaba con suma atención hasta el último pie de foto de cada manual ilustrado, hallé que un volumen de una asignatura desconocida se interponía en mi exhaustivo proceso de escrutinio intelectual. Movido por la sorpresa, tomé aquel libro, mucho más menudo y ligero que los demás, y leí el título: Educación para la ciudadanía. Sin duda, aquella presentación no me sugería más que una idea vaga y no se parecía a nada de lo que ya me resultaba habitual. Decidí adentrarme, con el fin de sofocar mi pueril e inquisitiva curiosidad, en su contenido. Con tan solo ojear durante un par de minutos descubrí una sección que me llamó poderosamente la atención: la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Comencé a leer uno a uno los treinta artículos que componían aquel listado. Absorto, llegué hasta el final, maravillado por lo que acababa de descubrir, por aquel tesoro moral, aquella arquitectónica de la más elevada virtud del ser humano, los cimientos que, a mi parecer, permitirían la firme construcción de un futuro común en constante actualización, un progreso humano sin límites que acabaría por revertir en la felicidad absoluta de todos y cada uno de los que componíamos la sociedad global. Tras aquel milagroso hallazgo, se me antojaba imposible que volvieran a cometerse atrocidades contrarias al espíritu de aquella excelsa carta humanista y magnífica. Si estas efectivamente se daban sería, en mi ingenua e idealista mente de aquel entonces, por una cuestión de atávica ignorancia moral, pero de ninguna manera por la debilidad de estos principios. La propia excelencia moral que descansaba en ellos me resultaba tan firme y vigorosa que una desobediencia consciente se me figuraba en la imaginación como un imposible. Incurrir en ella sería de una desvergüenza de la que yo no creía capaz a ningún ser humano. Era tan evidente, tan transparente a mi entendimiento que allí se codificaba lo que, de hecho, había que respetar y hacer respetar, que no contemplaba la posibilidad de la existencia de disidentes. Tal nivel de exaltación me produjo aquella lectura que fui a informar a mi padre, que en aquel momento se afeitaba en el baño con la puerta abierta, de mi gran descubrimiento. Recuerdo nítidamente el gran entusiasmo con el que, con lenguaje infantil, le hablé de lo extraordinarios que me parecían aquellos derechos de los que todos, bajo el paraguas de la “inalienabilidad” y la “universalidad”, gozábamos en aquel momento y para siempre. Esta plena confianza inicial iría progresivamente en decadencia, aunque no fue hasta hace bien poco que se produjo su violenta, lamentable y triste disolución.
El 13 de noviembre de 2015 fue uno de esos días en los que la coraza de mi confianza en la moral humana comenzó a resquebrajarse. Aquella mañana de sábado me había levantado, como era costumbre desde hacía años, para ir a misa con mi madre y con mi hermano. A pesar de que no creía en Dios desde hacía ya tiempo, la posterior reunión con los demás niños que frecuentaban la iglesia los sábados bien compensaba el suplicio de media hora de sermón sacerdotal. Al final de la ceremonia, el padre Fernando pronunció unas palabras que se salían de los moldes de la cotidianidad: “dediquemos un minuto de silencio por todos nuestros hermanos franceses caídos hoy”. Por aquel entonces no tenía todavía teléfono móvil, así que no solía leer las noticias al despertar, tal y como suelo hacer ahora. Por este motivo, aquella oración me generó un considerable desconcierto. ¿Qué había ocurrido? Nada más llegar a casa tras la misa fui a mi dormitorio a por mi tablet y busqué información acerca de “Francia” en Google. Hallé en EL PAÍS que unos terroristas islámicos habían perpetrado una serie de atroces atentados que habían acabado con la vida de más de un centenar de personas inocentes. Horrorizado, me pregunté cómo aquello había sido posible bajo el imperio universal de los DDHH. No fue más que el principio de mi descreimiento de aquella fe laica. Fui viendo, a lo largo de los años, cómo las más diversas y oscuras barbaries se desataban en diferentes partes del planeta. Ya flaqueaban mis convicciones en el poder infinito de aquella Declaración Universal de los Derechos Humanos cuando estalló en febrero de 2022 la guerra de Ucrania, que tantos horrores nos ha mostrado a lo largo de estos casi tres años que lleva activa. Fue en el núcleo de ese contexto, tras observar la crudeza de las imágenes que llegaban desde Bucha en abril de 2022, con todos aquellos cuerpos devastados, torturados, mutilados, despreciados, violados y maltratados por las fuerzas rusas, donde la estructura de mi creencia se volvió de una fragilidad absoluta. Algo más tarde, en octubre de 2023, hace tan solo un año, cuando se desató el espantoso genocidio de Gaza que día a día contemplamos impotentes, aquella confianza en el poder de los DDHH, la ingenua creencia en la imposibilidad de que, en el seno de la humanidad, pudiera darse una desvergüenza tal que el espíritu de excelencia moral contenido en los DDHH fuera voluntariamente abandonado y traicionado se desvaneció por completo, apagándose cualquier perspectiva optimista acerca de los tiempos que corren y correrán en el futuro. Hemos sido, ante el avance de la sádica barbarie colonialista israelí, incapaces de imponer la belleza moral de los Derechos Humanos a la incontenible voluntad asesina de unos criminales que se saben impunes. Lo que yo había interpretado como una definitiva llegada a puerto del ser humano, el perfeccionamiento absoluto de nuestra naturaleza ética, no era más que la dilucidación etérea y endeble de la meta de un camino cuyo final ni siquiera se insinúa en el lejano horizonte de nuestro porvenir. Ahora que vivo en una época post-ingenua me hago muchas preguntas. ¿Qué vamos a legar a las generaciones futuras? ¿Dónde queda el sueño kantiano de una “paz perpetua”? ¿Qué ha sido de la Educación para la Ciudadanía que yo aprendí?
Comentarios
Publicar un comentario